cuentos y narraciones

EL TOPO Y LA GOLONDRINA

capítulo I

Sencillamente, había comenzado a andar absorto en sus pensamientos.

Nunca había tenido una vida fácil, eso era verdad, pero por qué?

Según él mismo, era "difícil de mirar".

Tal vez fuera por esos complejos, tal vez por su extremada timidez que disfrazaba de arrogancia, no llegaba a congeniar con los de su especie.

Sus patas de lanteras eran demasiado grandes, le decían. Sus dientes, mal colocados y su mandíbula prominente le daban un aspecto poco agraciado. Además, esa línea roja que le cruzaba la frente, como una señal de tristeza. Aunque todo esto, no era razón suficiente como para sentirse tan alejado de todo y de todos, tan solo, tan vacío...

Al pequeño topo, eso sí, le gustaba cantar y la naturaleza le había regalado una hermosa voz con la que alegrarse las tardes de verano y llorar en las noches de invierno, tan vacías y solas como la pena.

Aquella tarde, se sentía especialmente cansado. Algunos días, pensaba, las cosas salen bastante mal. Tal vez hubiera sido mejor quedarse en la madriguera, como tantos días, pero el sentimiento de soledad pesa tanto...!

El pequeño topo comenzó a silbar una dulce melodía y así, perdido en sus emociones, no observó que mientras cruzaba la carretera, un camión se dirigia hacia él a gran velocidad.

Hacía calor, mucho calor.

La primavera había entrado con demasiada fuerza, pensó.

Siguió tarareando su triste canción. Una vocina apagó el sonido de su voz y él sintió como pequeñas agujas se clavaban en su piel y lo elevaban hacia lo alto.

Por un instante, creyó estar volando! y sin duda lo estaba!! era eso la eternidad? - se preguntó-

El camión siguió su curso y el pequeño topito empezó a descender muy despacio y suavemente depositado en una bella ladera. Las pequeñas agujas se separaron de su piel y una hermosa golondrína le sonrió.

- Estás bien?- le preguntó el ave- ese camión ha estado a puntito de hacerte picadillo

- estoy bien- contestó el topillo- iba distraído y ... gracias

-Perdona si he tenido que agarrarte tan fuerte. Te duele?

Que hermosa voz tiene este pájaro, pensó el topito. Y que bello plumaje

-No - contestó - ha sido una bella sensación la de volar... aunque solo haya sido un momento. No voy a negar que he sentido miedo, pero mis ojos casi ciegos, han percibido bellos colores que están fuera de mi alcance. Ha sido hermoso. Tienes suerte de poder volar muy alto y no tener los piés llenos de barro.

La golondrina sonrió tristemente - puedo hacerte volar siempre que quieras

Lo harías?- replicó el topo embargado de un sentimiento que desconocía- Lo harías por mi?

-  Siempre. Siempre que quieras.

El topo bajó los ojos al suelo. Nunca había percibido tanta belleza. Nuestros ojos están podridos - se dijo- porque no podemos contemplar más que el fango. Pero  hoy la he visto y sé lo que sentiría mirando a la tierra  de nuevo

-Nosotros, los topos - le dijo en un susurro- apenas alzamos los ojos al cielo

-Yo te enseñaré lo que no puedes ver por ti mismo, y si quieres, también podrás volar. Tendrás que volar conmigo, pero lo harás

- Volaré contigo, replicó el topo con lágrimas en los ojos- Siempre Contigo!

- No tendrás miedo a caer?

- No caeré si estoy contigo

- No tendrás miedo a morir?

- He estado muerto hasta hoy. Deseo vivir mañana!

- Los de tu especie te criticarán y te arrojarán fuera de su lado.

- Y qué puede importarme lo que digan si yo he encontrado la luz que mis ojos no podían ver?

- Soy un pájaro- susurró la golondrina- no lo olvides, y necesito volar.

- Lo sé - contestó el topo- y yo siempre amaré tus alas.

La noche había caído más hermosa que nunca y un topo y una golondrina caminaban despecio por una larga carretera solitaria cantando hermosas canciones

CAPÍTULO II

 

El tiempo iba pasando con demasiada prisa. Los días de otoño amenazaban con llegar mientras el topo y la golondrina miraban al cielo con desaliento.

- Pronto caerán las hojas de los árboles, el cielo se llenará de nubes y tú tendrás que volar hacia otras tierras. Deseo que me lleves contigo.

La golondrina miraba a los ojos apagados de su amor y replicaba: He de cruzar mares y océanos, escabullirme de los depredadores... Tendría que clavar mis patas con tanta fuerza en tí, que acabaría hiriéndote y ádemás, como librarte de tantos peligros?

- No hay peligro que me resulte más cruel que no tenerte a mi lado.

- Ya se nos ocurrirá algo, suspiró la golondriana- estoy segura, ya lo verás

Pero el tiempo no se detiene. Avanza con paso inexorable y no calibra el dolor que produce, Él, es así. Que poco le importa el dolor de los amantes!

Las primeras lluvias, comenzaron a llegar.

Bandadas de golondrinas surcaban el cielo en busca de climas más cálidos, pero nuestra golondrína sabía que no iría con ellas, pues si lo hacía, no tendría más que frio en su corazón.

-lo tengo!- le dijo al topo llena de alborozo- tú construirás una madriguera dejando una boca ancha de salida sobre la que yo iré colocando un nido. Yo no puedo respirar bajo la tierra, pero estaremos tan cerca uno del otro, que oiremos los latidos de nuestros corazones. Tú cantarás para mi, y yo te escucharé con el alma llena de felicidad. El invierno pasará, y la luz del sol nos dará una nueva vida

Durante varios días y varias noches, el topo excavó la tierra mientras que la golondrina portaba ramitas con las que constuir el nido. Cierto era que tenía que constuirlo en el suelo y permanecer atenta a que ningún animal o los piés de un hombre lo aplastasen, Tendré cuidado - se dijo- todo esfuerzo e incomodidad son poca cosa si estoy   junto a mi amor.

Fueron muchos los días en que el tiempo se mostró clemente y el topo y la golondrina salían a volar, no obstante, las distancias que recorrían no podían ser muy largas porque la golondrína ya no volaba como antes. 

 

 En ocasiones, al pequeño topo se le llenaban los ojos de lágrimas al pensar qué  buena suerte había tenido aquella tarde cualquiera en que un camión pudo arrebatarle la vida. Ahora, era amado ... y sin condiciones. Se sentía envidiado por los demás topos que nunca habían sentido sobre sus rostros el beso del aire cuando se asciende del suelo. Él disfrutaba del mundo, de sus colores, de sus olores.

El amaba! y por eso, podía volar.

El pequeño topo se sentía hermoso y delicado cuando era besado con tanto amor.

Sus manos eran perfectas para abrazar a su amada. Su mandíbula se había suavizado porque ahora siempre sonreía

Nuestra golondrina, volaba poco y bajo porque sus alas amanecían con frecuencia entumecidas, pero era justo! El siempre estaría con ella!! Se lo había dicho muchas veces y ella estaba segura de que era verdad, así, cada día que pasaba, le amaba más y más

- Mi vida entera daría por él - se decía mientras le miraba con ojos amorosos - además de lo que ya he dado, daría todo lo que me queda.

 

Una tarde de diciembre, se desató una terrible tormenta. Nuestra golondrina estaba demasiado lejos de casa. Había salido a volar pero las alas le dolían demasiado y decidió parar unos minutos en la rama de un árbol con el fin de recuperar sus fuerzas.

Al intentar arrancar el vuelo, cayó del árbol y se quebró un ala

 

 

 capitulo III

Durante varios días, el pequeño topo esperó a la golondrina. Una tarde, mientras contemplaba apenado  como el nido poco a poco se iba deshaciendo, se dirigieron a él tres simpáticas ratas. Una de ellas, la más locuaz le preguntó: Tu eres el topo que sabe volar?

No exactamente- contestó el topito

Qué significa, “no exactamente?” - preguntó otra rata – nos han dicho que tú has volado en más de una ocasión y has visto cosas hermosas que nosotros no podemos ver

Veréis, yo vuelo porque mi golondrina me agarra con las patas y me hace volar, pero son sus alas las que se mueven y ella carga con mi peso

Golondrina?- rió la tercera rata – nunca he visto un bicho más feo!

En cambio tú, eres apuesto – siguió la primera rata. Quizá uno de los más apuesto de tu especie

Cómo puedes entonces querer a una golondrina? - siguió la segunda rata – Vamos, despierta!!!

Esos pájaros además – siguió la tercera rata- se mueven en bandadas. Poco les importa abandonar su nido por oro mejor. Acaso no lo ves? Desde hace algunas semanas ya no hay bandadas de pájaros pero siempre hay algún rezagado, quién te dice que no ha volado con él?

El topo defendió el amor de su golondrina y les juró a aquellas ratas que ella nunca le abandonaría. Nosotros sabemos-les dijo- lo que es el amor de verdad. Hemos hecho todos los sacrificios del mundo por estar juntos y sé que no se iría de mi lado. Sin duda, ha debido ocurrirle algo malo.

Bien-dijo la primera rata- es muy probable que sea como tu dices, pero no tiene nada de malo si en su ausencia te animas un poco. Estar triste no va a lograr que vuelva antes.

Las ratas acompañaron al topo a su casa y poco a poco se fueron instalando en ella.

Eran alegres. Cantaban, bailaban, y poco a poco, el topo comenzó a olvidar a la golondrina.

Tenéis razón- le dijo un dia a las ratas- esos pájaros son inconstantes... pero yo la quería. Ella me hizo volar

Eso es absurdo- le dijo la primera rata- tú eres muy inteligente. Eres apuesto, tienes una voz maravillosa... y además piensa que, si volaste, fué por tus propios méritos. Durante la primavera podremos pasar más tiempo fuera y estoy segura de que practicando un poco, serás capaz de volar tu solo. Te admiro tanto!

 

 

 

 

 

 

 

DEL COLOR DE LAS VIOLETAS

Autora: Dolores Águila

Esto son solo tres fragmentos de una larga agonía

 

DEL COLOR DE LAS VIOLETAS

 

 

Ella, viene en silencio, callada como las primeras sombras. Vestida con un color incomprensible y una tela tan suave, que no se puede tejer.

 

Camina despacio adentrándose en la mente minuto a minuto. Lenta e inexorablemente. Y así pasan miles de segundos uno por uno.

La persona callada se vuelve elocuente. Pelea, defiende, se exalta, hasta que extenuada se duerme y continúa su largo paseo por los sueños que irán transfigurando sus días paulatinamente

... y pasan más segundos, más minutos, más horas.

 

Ella, viene de puntillas, con su ligera danza, sobre zapatillas de color violeta y con su dulce olor a espliego. Camina al ritmo acompasado de la noche, trocando los nobles deseos en basura fétida hasta envenenarte la sangre y los sentidos

 

Ella se adueña de tu ser... y ya solo eres ella.

 

No queda apenas más que un ligero rastro de ti en los momentos escasos de lucidez.

 

Ella vive y perdura por los siglos de los siglos.

 

La veo entrar, la conozco, la sigo...

 

Oigo su voz melodiosa y siento que el pánico me embarga ante esa muerte delicada y amorosa que pacientemente me aguarda

 

 

Un sueño sin sueños” - que sugirió la escritora- , no es más que la paz del cuerpo y del alma.

 

Pero ella es la guerra infinita y triunfadora. Una guerra descarnada que tiene vencedor de antemano… y no soy yo.

 

Un sueño profundo de intrincadas pesadillas dolientes.

 

Una Noche larga y oscura como una inmensa cavidad en el alma

 

Una mancha de aceite en la blanca pureza de mis sábanas limpias

 

Una espuerta de arena en mis pestañas, bajo cuya sombra pace despreocupado un rebaño de ovejas.

 

Y ahora solo me queda, para el resto del mundo, dibujar su retrato

 

 

 

 

CAPITULO III


LUCIA CANOVAS


Lucía Cánovas percibió un estúpido griterío que se acrecentaba a su paso. Tenía la boca seca pero se abstuvo de pedir agua. Realmente solo deseaba una cosa: estar sola.


Oyó como la puerta se cerraba a sus espaldas y sonrió. Apretó la mano derecha para desentumecer los músculos que se habían quedado agarrotados sintiendo aún las tijeras clavándose en la carne de aquel hombre. Encendió un cigarrillo y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared. “Aquel hombre”.

Ya no podía considerarlo nada suyo. Ahora se preguntaba como había podido sentir por él algo más que indiferencia.

Y sin embargo, en otro tiempo le había amado como a nadie. Había llorado en la soledad de su habitación cuando él la privaba de su presencia. Se había emborrachado de su aroma, de sus besos, de su profundo desprecio.

Miró a su alrededor y no sintió miedo. Por fin escuchaba el adorado silencio.

La noche iba a ser larga.

Imaginó la luna roja adueñándose del cielo poco a poco, con su cara redonda y sonriente de las noches de verano y sintió nostalgia de aquellos tiempos en los que de niña pintaba el cielo de diferentes colores.

Recordó la carota grande de su perro bueno y todos los días que compartieron.

Recordó sus ojos parlanchines y su respiración despreocupada en las tardes de invierno. Se preguntó adonde iría ahora, quien cuidaría de él.

Mañana intentaría hablar con su madre y le diría que cuidara a su pequeño.

Mañana” ¡que lejos quedaba!


Comenzó a sentir frío y se acurrucó en la cama “¿qué pasaría mañana?” – se preguntó




Le gustaban las películas de juicios, pero suponía que la realidad sería muy diferente. En la sala no habría juegos de luces ni tomas especiales de primeros planos. No se imaginaba, además, sentada en el banquillo mientras aquellas personas ajenas a ella debatían sobre su destino sin que ella pudiera tomar parte en las decisiones. ¡Era su vida la que estaba en manos de aquellos desconocidos!.

 

Había decidido no decir nada, no quería explicar lo que pasaba por su cabeza. No quería volver a ver a aquel hombre. No quería recordar.


De pronto sintió miedo, un miedo diferente al que podía había sentido otras veces. Estaba a merced de ellos, lo sabía, y pensó que no tendría fuerzas para luchar.

Sintió unos terribles deseos de llorar y se entregó a ellos sin reservas. Era mejor llorar ahora, ¡nunca delante de ellos! ¡nunca!

Los minutos iban pasando.

Algo más calmada, imaginó el momento de entrar en la sala. Se podría un jersey blanco. Necesitaba sentirse limpia para soportar tantos ojos.


Los ojos! Pares de ojos! Montones de ojos fijos en ella.

Respiró hondo, secó sus lágrimas y construyó la escena: Ella entraría lentamente, vestida de blanco y con el pelo recogido. Su extremada palidez y sus ojeras algo amoratadas le darían un aspecto angelical.

Montones de bocas moviéndose a su paso, cuchicheos.

Bocas y más bocas contraídas en absurdas muecas teatrales.

Ella las sentiría, las olería, pero no las vería. Solo se concentraría en el interior de su propia cabeza.


La mirada alta, pero vacía. Sin ver, sin reflejar. Miraría hacia dentro. Oiría solo su propia voz interior. Nada ni nadie podrían volver a lastimarla nunca.


Volvió a sentir frío y lo estalló en la cabeza. Ya no tenía cuerpo, solo ideas, y unos terribles deseos de perderse en inmaculados parajes en los que comenzar de nuevo una historia sin recuerdos.

Añoró las noches de luna en lo alto de los cerros de su pequeño pueblo, cogida de la mano de cualquier amigo.

Noches cuajadas de estrellas en las que resultaba tan fácil hablar de Dios; estirar la punta de los dedos y rozarle casi.

Noches negras, imaginando los besos y oyendo solo el suave tic tac del corazón.



Las palabras vacías no tenían cabida en aquellas madrugadas estivales. Solo los sentimientos afloraban con el suave acompasar de las chicharras

Ahora todo aquello pertenecía al recuerdo.

Esta sería la primera noche de su nueva vida. Esta noche construiría una parte de su historia.

Mañana pediría bolígrafos y folios y comenzaría de nuevo.

Sonrió ante tan magnífica perspectiva…. Y comenzó a soñar.





 

 

 

La renuncia es parte de nosotros mismos. Ella va forjando nuestra vida y acercándonos al camino de la muerte para que cuando esta llegue, todo sea más leve, menos importante, menos doloroso.


Si alguien debe morir esta noche, entiendo que debo ser yo.


Por mirar unos ojos que no debí mirar nunca.

Por derramar lágrimas por quien no estaba permitido llorar

Por sentir un amor inconmensurable cuando debía haber matado en su momento el deseo de vivir.

Hacía tiempo que lo sabía; las veintiuna reglas no me eran ajenas ¿por qué no las seguí? “Mata el deseo de sensación, mata los sueños, mata el deseo de vivir”


Por eso, debo arrancarme el alma y guardarla en una caja de cartón donde no pueda volver a molestar a nadie.


A lo largo de los años, renuncia tras renuncia, aprendemos a vivir una vida despiadada, así la odiamos,… y así la dejaremos marchar sin volver la cabeza, cuando el tren pare junto a nuestra ventana


Esta noche, mientras la luna se levanta perezosa mirando a la otra parte del mundo, yo recordaré las manos de mi amado y hurgaré en mi costado hasta arrancarme el sentimiento. El dolor se quedará conmigo como un fiel compañero, guardándome por si acaso desmayo





Esta noche no tengo miedo. No temo el momento, pero y si vuelve mañana? volveré a superar el mismo dolor?


Unas y otras noche se sucederán oscuras y frías como mi derrota y yo tendré que adormecerme en un nicho caliente donde el aire apenas pueda penetrar, para saborear el dulce y fatídico son de la inmensa soledad

Poco a poco iré quedándome fría, mis músculos se entumecerán y ya no sentiré nada… pero no estaré muerta.

Mi vida continuará con sus días y sus noches llenos del insoportable vacío.

Me adentraré en el fondo de mi alma… y ya no seré nada… Carne perdida y vacilante. Ideas vacías, sensaciones muertas……


CORAZONES MUERTOS

 

Tan solo quise amarte,

y el mundo se hizo barro bajo mis pies

Tres corazones con un solo latido

son demasiados

Y luego,

nadie puede recobrar lo perdido

Toda mi vida te busqué

y tú clavaste tus garras en mi carne cuando estaba herida

Después, me helaste la sangre

y se me secó la vida

Un corazón estaba muerto

el otro ya no vivía

Tan solo quise amarte

y el alma

se me hizo barro

bajo tus pies

                        maria cánovas

 

La Llorona - Leyenda Mexicana

Escrito por alfonso lunes, 23 de octubre de 2006


Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México que se recogían en sus casas a la hora de la queda, tocada por las campanas de la primera Catedral; a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.

Las primeras noches, los vecinos contentábanse con persignarse o santiguarse, que aquellos lúgubres gemidos eran, según ellas, de ánima del otro mundo; pero fueron tantos y repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados, quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las obscuras noches o en aquellas en que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.

Vestía la mujer traje blanquísimo, y blanco y espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad dormida, cada noche distintas, aunque sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde vuelto el velado rostro hacia el oriente, hincada de rodillas, daba el último angustioso y languidísimo lamento; puesta en pie, continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo, al llegar a orillas del salobre lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sombra se desvanecía.

"La hora avanzada de la noche, - dice el Dr. José María Marroquí- el silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar de aquella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas, formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, que habían sido espanto de la misma muerte, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer en llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de La Llorona."

Tal es en pocas palabras la genuina tradición popular que durante más de tres centurias quedó grabada en la memoria de los habitantes de la ciudad de México y que ha ido borrándose a medida que la sencillez de nuestras costumbres y el candor de la mujer mexicana han ido perdiéndose.

Pero olvidada o casi desaparecida, la conseja de La Llorona es antiquísima y se generalizó en muchos lugares de nuestro país, transformada o asociándola a crímenes pasionales, y aquella vagadora y blanca sombra de mujer, parecía gozar del don de ubicuidad, pues recorría caminos, penetraba por las aldeas, pueblos y ciudades, se hundía en las aguas de los lagos, vadeaba ríos, subía a las cimas en donde se encontraban cruces, para llorar al pie de ellas o se desvanecía al entrar en las grutas o al acercarse a las tapias de un cementerio.

La tradición de La Llorona tiene sus raíces en la mitología de los antiguos mexicanos. Sahagún en su Historia (libro 1º, Cap. IV), habla de la diosa Cihuacoatl, la cual "aparecía muchas veces como una señora compuesta con unosatavíos como se usan en Palacio; decían también que de noche voceaba y bramaba en el aire... Los atavíos con que esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los tocaba de manera, que tenía como unos cornezuelos cruzados sobre la frente". El mismo Sahagún (Lib. XI), refiere que entre muchos augurios o señales con que se anunció la Conquista de los españoles, el sexto pronóstico fue "que de noche se oyeran voces muchas veces como de una mujer que angustiada y con lloró decía: "¡Oh, hijos míos!, ¿dónde os llevaré para que no os acabeís de perder?".

La tradición es, por consiguiente, remotísima; persistía a la llegada de los castellanos conquistadores y tomada ya la ciudad azteca por ellos y muerta años después doña Marina, o sea la Malinche, contaban que ésta era La Llorona, la cual venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sojuzgasen.

"La Llorona - cuenta D. José María Roa Bárcena -, era a veces una joven enamorada, que había muerto en vísperas de casarse y traía al novio la corona de rosas blancas que no llegó a ceñirse; era otras veces la viuda que veía a llorar a sus tiernos huérfanos; ya la esposa muerta en ausencia del marido a quien venía a traer el ósculo de despedida que no pudo darle en su agonía; ya la desgraciada mujer, vilmente asesinada por el celoso cónyuge, que se aparecía para lamentar su fin desgraciado y protestar su inocencia."

Poco a poco, al través de los tiempos la vieja leyenda mexicana y tradición de La Llorona ha ido, como decíamos, borrándose del recuerdo popular. Sólo queda memoria de ella en los fastos mitológicos de los aztecas, en las páginas de antiguas crónicas, en los pueblecillos lejanos, o en los labios de las viejas abuelitas, que intentan asustar a sus inocentes nietezuelos, diciéndoles: ¡Ahí viene La Llorona!

Modificado el ( viernes, 01 de diciembre de 2006 )