cuentos y narraciones
Cuanta la belleza que hay en ti!
CORAZONES MUERTOS
Tan solo quise amarte,
y el mundo se hizo barro bajo mis pies
Tres corazones con un solo latido
son demasiados
Y luego,
nadie puede recobrar lo perdido
Toda mi vida te busqué
y tú clavaste tus garras en mi carne cuando estaba herida
Después, me helaste la sangre
y se me secó la vida
Un corazón estaba muerto
el otro ya no vivía
Tan solo quise amarte
y el alma
se me hizo barro
bajo tus pies
maria cánovas
DEL COLOR DE LAS VIOLETAS
Autora: M.CÁNOVAS
Esto son solo tres fragmentos de una larga agonía
DEL COLOR DE LAS VIOLETAS
Ella, viene en silencio, callada como las primeras sombras. Vestida con un color incomprensible y una tela tan suave, que no se puede tejer.
Camina despacio adentrándose en la mente minuto a minuto. Lenta e inexorablemente. Y así pasan miles de segundos uno por uno.
La persona callada se vuelve elocuente. Pelea, defiende, se exalta, hasta que extenuada se duerme y continúa su largo paseo por los sueños que irán transfigurando sus días paulatinamente
... y pasan más segundos, más minutos, más horas.
Ella, viene de puntillas, con su ligera danza, sobre zapatillas de color violeta y con su dulce olor a espliego. Camina al ritmo acompasado de la noche, trocando los nobles deseos en basura fétida hasta envenenarte la sangre y los sentidos
Ella se adueña de tu ser... y ya solo eres ella.
No queda apenas más que un ligero rastro de ti en los momentos escasos de lucidez.
Ella vive y perdura por los siglos de los siglos.
La veo entrar, la conozco, la sigo...
Oigo su voz melodiosa y siento que el pánico me embarga ante esa muerte delicada y amorosa que pacientemente me aguarda.
“Un sueño sin sueños” - que sugirió la escritora- , no es más que la paz del cuerpo y del alma.
Pero ella es la guerra infinita y triunfadora. Una guerra descarnada que tiene vencedor de antemano… y no soy yo.
Un sueño profundo de intrincadas pesadillas dolientes.
Una Noche larga y oscura como una inmensa cavidad en el alma
Una mancha de aceite en la blanca pureza de mis sábanas limpias
Una espuerta de arena en mis pestañas, bajo cuya sombra pace despreocupado un rebaño de ovejas.
Y ahora solo me queda, para el resto del mundo, dibujar su retrato
CAPITULO III
LUCIA
Lucía Cánovas percibió un estúpido griterío que se acrecentaba a su paso. Tenía la boca seca pero se abstuvo de pedir agua. Realmente solo deseaba una cosa: estar sola.
Oyó como la puerta se cerraba a sus espaldas y sonrió. Apretó la mano derecha para desentumecer los músculos que se habían quedado agarrotados sintiendo aún las tijeras clavándose en la carne de aquel hombre. Encendió un cigarrillo y se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared. “Aquel hombre”.
Ya no podía considerarlo nada suyo. Ahora se preguntaba como había podido sentir por él algo más que indiferencia.
Y sin embargo, en otro tiempo le había amado como a nadie. Había llorado en la soledad de su habitación cuando él la privaba de su presencia. Se había emborrachado de su aroma, de sus besos, de su profundo desprecio.
Miró a su alrededor y no sintió miedo. Por fin escuchaba el adorado silencio.
La noche iba a ser larga.
Imaginó la luna roja adueñándose del cielo poco a poco, con su cara redonda y sonriente de las noches de verano y sintió nostalgia de aquellos tiempos en los que de niña pintaba el cielo de diferentes colores.
Recordó la carota grande de su perro bueno y todos los días que compartieron.
Recordó sus ojos parlanchines y su respiración despreocupada en las tardes de invierno. Se preguntó adonde iría ahora, quien cuidaría de él.
Mañana intentaría hablar con su madre y le diría que cuidara a su pequeño.
“Mañana” ¡que lejos quedaba!
Comenzó a sentir frío y se acurrucó en la cama “¿qué pasaría mañana?” – se preguntó
Le gustaban las películas de juicios, pero suponía que la realidad sería muy diferente. En la sala no habría juegos de luces ni tomas especiales de primeros planos. No se imaginaba, además, sentada en el banquillo mientras aquellas personas ajenas a ella debatían sobre su destino sin que ella pudiera tomar parte en las decisiones. ¡Era su vida la que estaba en manos de aquellos desconocidos!.
Había decidido no decir nada, no quería explicar lo que pasaba por su cabeza. No quería volver a ver a aquel hombre. No quería recordar.
De pronto sintió miedo, un miedo diferente al que podía había sentido otras veces. Estaba a merced de ellos, lo sabía, y pensó que no tendría fuerzas para luchar.
Sintió unos terribles deseos de llorar y se entregó a ellos sin reservas. Era mejor llorar ahora, ¡nunca delante de ellos! ¡nunca!
Los minutos iban pasando.
Algo más calmada, imaginó el momento de entrar en la sala. Se podría un jersey blanco. Necesitaba sentirse limpia para soportar tantos ojos.
Los ojos! Pares de ojos! Montones de ojos fijos en ella.
Respiró hondo, secó sus lágrimas y construyó la escena: Ella entraría lentamente, vestida de blanco y con el pelo recogido. Su extremada palidez y sus ojeras algo amoratadas le darían un aspecto angelical.
Montones de bocas moviéndose a su paso, cuchicheos.
Bocas y más bocas contraídas en absurdas muecas teatrales.
Ella las sentiría, las olería, pero no las vería. Solo se concentraría en el interior de su propia cabeza.
La mirada alta, pero vacía. Sin ver, sin reflejar. Miraría hacia dentro. Oiría solo su propia voz interior. Nada ni nadie podrían volver a lastimarla nunca.
Volvió a sentir frío y lo estalló en la cabeza. Ya no tenía cuerpo, solo ideas, y unos terribles deseos de perderse en inmaculados parajes en los que comenzar de nuevo una historia sin recuerdos.
Añoró las noches de luna en lo alto de los cerros de su pequeño pueblo, cogida de la mano de cualquier amigo.
Noches cuajadas de estrellas en las que resultaba tan fácil hablar de Dios; estirar la punta de los dedos y rozarle casi.
Noches negras, imaginando los besos y oyendo solo el suave tic tac del corazón.
Las palabras vacías no tenían cabida en aquellas madrugadas estivales. Solo los sentimientos afloraban con el suave acompasar de las chicharras
Ahora todo aquello pertenecía al recuerdo.
Esta sería la primera noche de su nueva vida. Esta noche construiría una parte de su historia.
Mañana pediría bolígrafos y folios y comenzaría de nuevo.
Sonrió ante tan magnífica perspectiva…. Y comenzó a soñar.
La renuncia es parte de nosotros mismos. Ella va forjando nuestra vida y acercándonos al camino de la muerte para que cuando esta llegue, todo sea más leve, menos importante, menos doloroso.
Si alguien debe morir esta noche, entiendo que debo ser yo.
Por mirar unos ojos que no debí mirar nunca.
Por derramar lágrimas por quien no estaba permitido llorar
Por sentir un amor inconmensurable cuando debía haber matado en su momento el deseo de vivir.
Hacía tiempo que lo sabía; las veintiuna reglas no me eran ajenas ¿por qué no las seguí? “Mata el deseo de sensación, mata los sueños, mata el deseo de vivir”
Por eso, debo arrancarme el alma y guardarla en una caja de cartón donde no pueda volver a molestar a nadie.
A lo largo de los años, renuncia tras renuncia, aprendemos a vivir una vida despiadada, así la odiamos,… y así la dejaremos marchar sin volver la cabeza, cuando el tren pare junto a nuestra ventana
Esta noche, mientras la luna se levanta perezosa mirando a la otra parte del mundo, yo recordaré las manos de mi amado y hurgaré en mi costado hasta arrancarme el sentimiento. El dolor se quedará conmigo como un fiel compañero, guardándome por si acaso desmayo
Esta noche no tengo miedo. No temo el momento, pero y si vuelve mañana? volveré a superar el mismo dolor?
Unas y otras noche se sucederán oscuras y frías como mi derrota y yo tendré que adormecerme en un nicho caliente donde el aire apenas pueda penetrar, para saborear el dulce y fatídico son de la inmensa soledad
Poco a poco iré quedándome fría, mis músculos se entumecerán y ya no sentiré nada… pero no estaré muerta.
Mi vida continuará con sus días y sus noches llenos del insoportable vacío.
Me adentraré en el fondo de mi alma… y ya no seré nada… Carne perdida y vacilante. Ideas vacías, sensaciones muertas……
prisiones del alma
